LA HERENCIA DEL CAFÉ


Un gustito que solo puede saborearse en la plaza 24 de Septiembre de Santa Cruz: un café pequeño, amargo o semi amargo, dulce o muy dulce, o si quiere cortadito con leche. Su venta, de banco en banco, sacó adelante a familias completas.

Publicado por revista ESCAPE del diario paceño La Razón / Abril 2011

Prácticamente se acababa de ‘enlosetar’ las principales calles de Santa Cruz -la primera loseta de esta ciudad se colocó en 1966 en una de las esquinas de la plaza 24 de Septiembre-, cuando Adolfo Ortiz Áñez tomó por primera vez un termo de café y empezó a ofrecer ‘cortaditos’ a los transeúntes que descansaban y se resguardaban del sol en la plaza principal de la capital cruceña. “Era el 70 cuando empecé a vender café. Yo era muchacho todavía, tendría unos 22 años más o menos, pero ya tenía mujer”, recuerda don Adolfo, que en septiembre próximo celebrará su cumpleaños número 67.

Cuarenta años han pasado desde entonces y él, junto a otros 17 vendedores de café que siguieron su paso posteriormente, mantienen inquebrantable este servicio que resulta una herencia de la Santa Cruz de Antaño.

Qué más se podría pedir en una ciudad que invita a disfrutar del aire libre a cada minuto, que una buena charla a la sombra de frondosos toborochis y un cafecito servido a gusto allí mismo, en el banquito de preferencia. Esos ‘lujos’ solo son posibles gracias a estos mozos de uniforme impecable y trato muy servicial, que circulan diariamente con carritos cargados de seis termos de delicioso café caliente. “Se sirve el cortadito, el café dulce, medio dulce, medio amargo y bien amargo si quiere la gente. El cortadito es el más cotizado”.

Los mozos más antiguos, que a decir de Ortiz solo son seis, se distinguen por el saco amarillo que llevan con mucho orgullo y elegancia, mientras que los doce venteros restantes, más jóvenes o nuevos, llevan de uniforme un saco blanco. Esta distinción, sin embargo, no significa que conformen una empresa o que estén organizados, cada uno tiene permiso de la Intendencia y paga sus impuestos de forma independiente, tiene su propia manera de preparar el café que ofrece y define sus propios precios. El uniforme es una formalidad que la municipalidad les exige.

Al igual que don Adolfo, los paceños Cruz Aleluya (48) y Gumercindo Ventura (54) también forman parte de esta estampa tradicional cruceña: llevan en el negocio más de treinta años, casi el mismo tiempo que dejaron su natal La Paz.

Los tres hombres, que vieron el crecimiento de la ciudad desde el corazón mismo de ésta con sus termos a cuestas, brotan pecho al contar que han sacado adelante a sus familias a puro café y no mezquinan sus palabras a la hora de hacer un recuento de sus vidas sirviendo la milenaria bebida.

 

Con el café se gana

 

“Empecé a vender café porque un amigo me dio la iniciativa, me dijo: vas a vender y vas a ganar, porque con el café se gana”, cuenta don Adolfo, padre de ocho hijos (“dos ya se me han muerto”) y abuelo de varios nietos, a quienes aún hoy ayuda a salir adelante. “Con el café construí mi casa de dos pisos, crié a mi familia y hasta hice estudiar a mis hijos, claro que no los he podido sacar profesionales porque a veces las circunstancias no dan”, dice este hombre que en algún momento también entró al negocio del pan (“Cuando mis hijos estaban chicos tenía que trabajar todos los días, incluyendo el domingo, y buscar otras formas de ganar plata; vendía también en las oficinas y me iba hasta el estadio”). Así logró tener su casa, ubicada en una zona bastante alejada del casco viejo de la ciudad, en el barrio Los Pocitos, y donde actualmente viven algunos de sus hijos; él hoy en día opta por alquilar un departamentito por el centro para poder atender su negocio, ya que las distancias no le permiten ir y venir dos veces al día cargando sus termos: su recorrido es de lunes a sábado, de 9:00 a 13:00 y de 17:00 a 21:00.

Gumercindo Ventura también trabaja desde las primeras horas de la mañana y se queda vendiendo hasta las once de la noche. “Algunos compañeros están hasta las dos de la mañana, porque como aquí hace calor la gente sale más en la noche”. Él tiene cuatro hijos: tres mujeres y un varón, y de éste último dice con orgullo que estudió en un colegio particular, fue a la universidad y formó parte de la academia de fútbol ‘Tahuichi Aguilera’. “Solo que ya ellos no viven conmigo, se han ido a otros países a trabajar, en la frontera con Brasil están”, explica.

Cruz Aleluya, en cambio, todavía tiene a cargo la crianza de sus cinco hijos. “El mayor tiene 18 años, y luego vienen los otros en escalera”. Él recuerda que antes podía vender bien, a buen precio: “Se vendía a 20 centavos el vasito, luego fue a 30, a 40 y a 50; y luego de años otra vez empezó a subir a 60, a 70, a 80 centavos, de acuerdo a lo que iban subiendo los artículos… subía el café, subía el azúcar. Pero ahora que todo está caro, no podemos seguir vendiendo al mismo precio”.

Don Adolfo presume de ser el más “baratero”, porque tiene clientes que van a pasar la tarde con la familia y no sería justo cobrar mucho por cada vasito servido: “Tengo de dos tamaños, de 2 y 3.5, lo que otros venden a 4. Pero cómo voy a pedir 4 pesos por un café si quieren comprar para cinco o seis personas, no les da puej. Y los clientes me dicen “Bien que avisés hijo, porque no alcanzan los recursos”. Porque claro la gente aquí quiere café chico, no quiere grande para tomar con pan, para eso van a una cafetería ¿no?”.

Debe ser por esa filosofía que don Adolfo es muy cotizado. De lejos se escucha que alguien grita su nombre y enseguida él, como ‘mesero’ experimentado, apresura el paso empujando su carrito para atender a sus comensales.

Él tiene bien contados los vasitos que vende, entre 200 y 300 diariamente. La cantidad, explica, depende mucho del clima: “Cuando hay lluvia por ejemplo la gente no sale. Pero cuando está el tiempo así (con sol) se vende más, porque todos se sientan a charlar en los banquitos; en invierno la gente compra pa’ calentarse, pero es mucho menos”.

Cuando se les pregunta por sus clientes más asiduos, todos coinciden en apuntar a los adultos mayores como los más fieles, aquellos ‘jóvenes’ de antaño (todos hombres, porque las mujeres se citaban en los salones de té) que se reunían en la plaza para charlar de política, de trabajo y de mujeres… “Pero los chicos también ya me buscan, estudiantes de medicina sobre todo que quieren café bien amargo para despertar… y es que también hay muchos clientes de cuando yo era joven que ya se han ido al otro mundo”, dice don Adolfo.

Aquellos tiempos

 

Otros eran los tiempos cuando el joven Adolfo madrugaba para preparar el café y conseguir la leche fresca que hasta hoy le da un toque especial a las tertulias de la tarde. “Yo iba directamente donde ordeñaban la vaca, porque vivía ahí donde la cervecería (Av. Busch y tercer anillo de circunvalación) y a dos cuadras nomaj había una lechería. Ahora puej hay que ir lejísimos, lecherías en el campo nomaj se pilla. Pero ahora ya te la llevan a la casa (la leche de vaca)”, cuenta este hombre de tez bronceada y figura pequeña que ha visto y vivido los cambios de la principal plaza de Santa Cruz durante casi medio siglo. Y sin hacer mucha pausa explica que no es lo mismo si se prepara el cortadito con la leche de bolsa que se compra actualmente en el supermercado: “está desgrasada o no sé qué tendrá que es como si agua nomaj se le echara al café… la leche de vaca tiene otro gustito”. Y es verdad, la delicada capa de nata que se forma sobre el café le da a éste su particular sabor.

“Hay que destilar el café y hervir bien harto la leche para que salga espesito, rico”, comenta don Gumercindo con una entonación típica de la gente del interior del país que contrasta notoriamente con la de don Adolfo, cruceño neto. Y aunque no ha dejado la costumbre de tener en la boca un bolo de coca que interfiere en su hablar, Ventura dice con firmeza que su trabajo “ya es tradición cruceña”; y cómo no, si gracias a su labor y la de sus compañeros se conserva parte de una costumbre de la Santa Cruz de Antaño: la de compartir charlas interminables con los amigos en las veredas de las casas y saludar al vecino de paso con un café de por medio.

Cruz Aleluya por su parte recuerda que antes el recorrido que hacía era mayor: “Iba oficina por oficina con mi cafecito, vendía bien nomás. Y cuando había partidos de fútbol en el estadio, hasta adentro me iba”.

Según Ventura y Ortiz hoy en día la venta es mejor, ya que hay más movimiento de gente y por lo tanto el consumo es mucho mayor que antes, cuando empezaron. “En esos años solo los fines de semana se veía gente, y poca, cuando los negocios se ponían: había tiendas de comida, fiestas los sábados, hacían sus kermesses cada domingo. Pero Santa Cruz ha crecido mucho y sigue creciendo. Entre semana nomás a la plaza llega gran cantidad de gente y hartos turistas, y hay mucho tráfico, eso antes no se veía”, recuerda don Adolfo, dejando en claro que por ese crecimiento de la ciudad y todo su movimiento comercial, “el que viene a Santa Cruz a trabajar, si quiere, hace plata”.

LAS FRASES

 

“La plaza es nuestra oficina, por eso nosotros cuidamos que la gente no la destroce y hablamos con los extranjeros para que no pisoteen las plantas”, Gumercindo Ventura.

“Dicen que yo soy el que vende el mejor café de la plaza, yo no creo, deben haber otros que venden más rico, pero eso dicen”, Adolfo Ortiz Áñez.

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de Paola Iporre Kalteis Publicado en reportaje

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